Arte y tecnología, gemelos diferentes
por Daniele Lunghini

4- La medalla de Diana Gabaldon
Diana Gabaldon es la autora de Outlander, la novela —y posteriormente la serie de televisión— que se ha convertido en un fenómeno en los últimos años. La serie no aborda temas científicos, sino históricos, salvo por un elemento central: el viaje al pasado.
Esto no quita que Gabaldon tenga una formación que dista mucho de ser literaria. Es experta en análisis numérico y bases de datos, y ha escrito artículos y reseñas para revistas informáticas de ámbito nacional como Byte, PC Magazine e InfoWorld.
¿Por qué, entonces, hablar de Diana Gabaldon en una intervención sobre arte y tecnología, y sobre hasta qué punto estas dos dimensiones son cercanas, siamesas, empáticas y simbióticas?
Porque en esta intervención Gabaldon expresa con claridad cómo el arte y la tecnología son, en el fondo, dos caras de la misma moneda:
De hecho, dice:
«Me preguntan cómo he conseguido, siendo una científica con todas estas titulaciones, convertirme en escritora de novelas. Lo que dan a entender es la idea de que la ciencia es fría, clínica y ordenada, mientras que la creatividad es bella y colorida. Pero la ciencia y el arte son las dos caras de una misma moneda. Ambas se basan en la misma capacidad: percibir patrones y extraerlos del caos.
Cuando haces ciencia, defines tu caos eligiendo un tema y, dentro de él, buscas patrones que identificar y explicar a los demás. Lo mismo ocurre cuando escribes una novela: defines tu caos a través del tema o el género, y también incorporas tu caos interior. Buscas equivalencias en los patrones.
En la ciencia formulas una hipótesis: «Creo que esto está ocurriendo en mi sistema», y luego intentas respaldarla con el experimento. Tu novela es tu hipótesis, y tu experimento es el público».
Esta perspectiva arroja luz sobre los aspectos objetivos del arte —en este caso, de la narración— y su sorprendente similitud con los procesos de la ciencia y, por consiguiente, de la tecnología.
Caos e hipótesis
Son los dos pilares fundamentales de ambos sistemas.
El caos genera la necesidad de orden; la hipótesis genera la necesidad de experimentar y desarrollar escenarios. La experimentación y la definición de un modelo son pasos comunes a ambos procesos de finalización.
En la ciencia y la tecnología, el caos es el punto de partida: es lo que hay que encauzar dentro de esquemas viables, para que se convierta en herramienta, solución o progreso.
En el arte, en cambio, el caos es un imán narrativo: una trama intrigante hacia la que la mente se siente irresistiblemente atraída.
Podemos decir, pues, que el arte y la tecnología, cada uno a su manera, reparan las partes defectuosas de nuestras vidas.
El arte nos engaña y nos consuela ofreciéndonos un orden emocional, una forma de dar sentido a nuestros dramas.
La tecnología, por su parte, promete hacer que el mundo sea más cómodo y más manejable, transformando las fuerzas de la naturaleza en problemas que se pueden resolver con unos pocos mecanismos.
Por eso, como sugiere Gabaldon, el arte y la tecnología son realmente «las dos caras de una misma moneda»:
una intenta comprender el mundo, la otra intenta interpretarlo.
Pero ambas nacen de la misma tensión primordial: dar forma a lo que, al principio, no tiene forma.

3- El secreto desvelado
Desde el bastón pintado en la cueva hasta los códices iluminados del monasterio, la línea de conexión es clara: el arte plantea preguntas y la tecnología las traduce en herramientas. El arte impone interfaces, formas de ver, recordar y sorprender, y la tecnología proporciona la gramática operativa. Cada salto histórico es una «actualización»: no es la tecnología la que crea el arte, ni el arte el que surge simplemente de la técnica, sino que ambos se provocan y se actualizan mutuamente.
Conservar la memoria es un reto técnico. El hormigón, los arcos, las calles y los acueductos no se construyen por sí mismos, sino para sustentar imágenes colectivas, poder, culto y memoria. Las miniaturas, los pergaminos y las encuadernaciones impulsan el perfeccionamiento de las tintas y los soportes; la copia de los textos conserva el saber técnico y artístico. El «software» y el «hardware» culturales se actualizan: los lenguajes evolucionan, se inventan mecanismos que dan vida a estatuas, telones y fuentes. El arte y su búsqueda del asombro se convierten en el motor directo de la ingeniería: la máquina no se construye solo para ahorrar esfuerzo, sino para suscitar una experiencia. Es una forma primitiva de diseño de interacción: el requisito es hacer sentir al público, la tecnología es la respuesta.
Los templos, las pirámides y las iglesias surgen de intenciones estéticas que requieren ingeniería: primero se conciben los volúmenes, las proporciones y la luz, y después se recurre a las matemáticas y la mecánica para hacerlos realidad. La búsqueda de lo «bello» no es mera estética: se convierte en una exigencia de diseño que estimula el desarrollo de nuevos materiales y soluciones constructivas.
El arte y la tecnología tienen memoria y se estructuran. La metáfora, junto con la alegoría y el simbolismo, se convierte en el pilar del arte, al igual que los materiales lo son para la tecnología.
A partir de ese momento, el ser humano perfecciona los mecanismos descubiertos: la tecnología materializa las necesidades en instrumentos funcionales; el arte ordena esas necesidades en formas armoniosas que captan la atención. Nacen del mismo seno, con códigos genéticos diferentes. Son, en definitiva, gemelos distintos.
El arte y la tecnología son gemelos diferentes.

2- El software actualizado
El ser humano descubre el potencial de los objetos que pueden convertirse en herramientas. Esta dualidad resultará ser el motor de su desarrollo tecnológico, que aún hoy lo caracteriza: 01 01 01. Y a partir de ahora seguirá este principio.
En este punto, la mente comprende que, desde el uso de la piedra pigmentada en la pared hasta el diseño de espacios sagrados, se requieren nuevas técnicas constructivas; así nace el paradigma que constituye la base binaria de la evolución humana: de las necesidades surge la tecnología que da respuesta a las soluciones. ¿Qué tiene que ver el arte en todo esto? El arte es el puente armónico entre la necesidad y la solución técnica. En este caso, todavía debemos hablar de protoarte. Se trata de un arte básico que ya contiene en su interior todos los genes para convertirse, una vez maduro, en lo que vemos hoy en día.
El hombre actuaba por instinto, como los animales, y, al igual que ellos, aprendía acumulando experiencia, pero lo guardaba todo en la memoria (literalmente). Cuando descubre que esa memoria podía plasmarse en una pared mediante un soporte y una especie de tinta aplicada en la punta de una rama, todo cambia. Y eso es lo que harán después.
La pintura rupestre forja una mente que aún se encuentra en los albores de la formación de su propia conciencia. El ser humano descubre que plasmar sus necesidades —y, por tanto, sus pensamientos— ayuda a la propia mente a organizarse, a hacer que todo resulte más lúcido y claro. Inventa el archivo Excel, pero en formato visual.
Pero también se dio cuenta de que no bastaba con plasmar el pensamiento, sino que había que construirlo y organizarlo en torno a una narración. Esto significaba identificar los elementos fundamentales de dicha narración y crear una cronología. Este proceso de plasmar la experiencia le llevó al paso decisivo: la necesidad de contar y escuchar historias.
La búsqueda estética trasciende la pared cavernosa: el trabajo con metales exige otros avances tecnológicos: aleaciones, fundiciones, cincelado.
Al mismo tiempo, la necesidad de registrar mitos, relatos y el espacio sagrado estimula la invención de la escritura. Escribir no es solo una técnica: es crear un lenguaje visual que debe ser legible, reproducible y estandarizable. El intelecto tecnológico del hombre ya ha despegado. Pero un orden estéril en la exposición de los acontecimientos parece no bastar ya. Esos acontecimientos deben adquirir algo más, algo que vaya más allá de una simple secuencia de actos.
La metáfora se vislumbra en el horizonte.
El arte y la tecnología son gemelos diferentes.

1- Los primeros pasos
El arte y la tecnología suelen percibirse como mundos alejados: el primero, como el reino de la expresión y la subjetividad; el segundo, en cambio, como el dominio de la función y la objetividad. Sin embargo, su historia, desde los albores de la humanidad, está estrechamente entrelazada. Como dos gemelos diferentes, nacieron de la misma necesidad: sobrevivir y recordar.
Los primeros hombres tuvieron que desarrollar los primeros rudimentos de la tecnología cuando sintieron la necesidad de plasmar la memoria. Ante vastas paredes rocosas, los hombres primitivos comenzaron a sentir la necesidad de dejar una huella, y así nacieron los grafitis. Esto cambió el destino del hombre. Mientras tanto, tuvieron que idear las herramientas para plasmar lo que habían visto, sus recuerdos. En concreto, la caza: ¿pero por qué?
La caza es un acontecimiento que representa a la perfección la relación entre la vida y la muerte. La vida, porque sin ella no se habría podido conservar alimento para la supervivencia, por lo que, sin ella, la muerte habría llegado inexorablemente. Pero también porque el propio acontecimiento era potencialmente mortal. He aquí, pues, el primer paso dado por el arte. El primer artista de la historia se dio cuenta de la importancia de dejar constancia de esos momentos. Inmediatamente después tuvo que encontrar una solución técnica para llevar a cabo su objetivo.
Así pues, un palo, despojado de su aspecto natural para adquirir una función artificial y convertirse en «instrumento». Y luego la tinta (llamémosla así). Algo que se mantuviera con el paso del tiempo sobre la roca. Probablemente, el hombre probó varios lodos, con fracasos y pocos éxitos. Pero al final lo consiguió y logró dar con la mezcla adecuada. Sin embargo, enseguida debió darse cuenta de que la tecnología por sí sola no sería suficiente.
Había inventado el hardware; ahora necesitaba el software.
Se dio cuenta de que la memoria, los recuerdos, no podían trasladarse de forma aséptica, instintiva. En el momento en que tenía que pasar de un medio a otro, es decir, de la memoria visual a un plano concreto, se puso de manifiesto inmediatamente la necesidad de estructurar el recuerdo. El lenguaje de la memoria era diferente al de la representación en la pared. Y fue aquí donde se produjo el primer cruce en el que el arte y la tecnología se encontraron cara a cara, una que debía relacionarse con la otra, una que debía servir de apoyo a la otra.
La mente ordena las imágenes de forma confusa. Sin embargo, ese mismo desorden cronológico, trasladado a una superficie estática, no habría funcionado. Por lo tanto, tuvo que reordenar los elementos e insertarlos de tal manera que incluso otro primitivo, sin la misma experiencia, pudiera comprender, entender y seguir los acontecimientos. El arte se expresó, en su forma más básica, comenzando a ocupar su propio espacio en la comunidad humana.
Una vez descubierta la técnica, una vez descubierto cómo utilizarla para sus propios fines, el hombre comenzó a representarla. Pero no se detuvo ahí. La lanza ya había alcanzado un nivel de perfeccionamiento suficiente para cumplir su función. Pero la caza no podía limitarse únicamente al intento de alcanzar a una presa. Era necesario encontrar una estrategia. Por lo que sabemos, una de las técnicas, por ejemplo con los mamuts, consistía en empujarlos hacia callejones sin salida y luego, tanto desde abajo como desde arriba, golpearlos con lanzas y piedras lanzadas desde el plano donde terminaban las paredes de los callejones. Pero con la llegada de la tecnología de las paredes rocosas, muchas cosas cambiaron. El primitivo, ante todo, tuvo que organizar lo que quería plasmar en la pared (es decir, plasmar el recuerdo).
La representación por sí sola no bastaba. Había que dar sentido a las escenas, crear un mecanismo que grabara de la forma más vívida posible en la memoria esa escena concreta. No bastaba con representarla, era necesario que adquiriera un significado. Y esto, como se descubrió más tarde, se llamaría metáfora.
En primer lugar, pues, no habría habido arte sin tecnología, ni tecnología sin arte. El hombre comenzó a avanzar alternando un paso artístico con uno tecnológico. Como para decretar la fusión entre ambos universos, la necesidad de avanzar juntos para garantizar la supervivencia de ambos. Y del propio hombre.
El arte y la tecnología son gemelos diferentes.

